La sombra de la alegría ajena. Desentrañando el deseo de infelicidad y Cultivando la Felicidad genuina.

 

Existe una tendencia en algunos individuos a encontrar una satisfacción distorsionada en la infelicidad ajena, pero si el ser infeliz estuviera arraigado en nuestra naturaleza, seríamos dignos de compasión, dado que la infelicidad va creciendo hasta convertirse en un hábito. La felicidad no es un premio, sino una consecuencia de nuestras acciones y el sufrimiento, más que un castigo, es un resultado. Lo lamentable es que muchos pretendemos amargarnos la vida; no contentos con esto, nos dedicamos a hacer que los demás también se amarguen. “Como soy infeliz, me esmero para que los demás lo sean”.

En este afán por hacer infelices a los demás, proyectamos nuestras propias frustraciones, manifestándonos constantemente negativos, nos quejamos constantemente de todo: desde nuestras dolencias hasta la luna y el sol, pasando por la lluvia, los amigos, la familia, el trabajo, la política y la economía, entre un sinfín de motivos, en realidad tenemos mucho que decir y miles formas de justificar los motivos.

Por ello nos lamentamos de las oportunidades perdidas, de las cosas que no hicimos, de las experiencias que no vivimos, mostrémonos amargados constantemente y arruguemos todos los músculos de la cara, alimentemos nuestra úlcera, tratamos mal a las personas, sobre todo a las que tenemos más cerca (que en el fondo queremos) y que por encontrarse cerca podemos lastimar más frecuentemente, pero en el fondo nos estamos lastimando a nosotros mismos. Todo esto no depende ni de la edad ni del sexo, se da en todos los niveles.

Cuando hagamos todo esto, lograremos nuestro cometido. Las personas nos repudiarán (sinceramente) y seremos unos amargados, infelices; además, los otros se sentirán miserables y será misión cumplida.

Sin embargo, este camino de sembrar infelicidad, aunque pueda parecer una forma de lidiar con la propia frustración, inevitablemente conduce al aislamiento y a una profunda insatisfacción personal. Las relaciones se deterioran, la soledad se instala y la propia amargura se intensifica. Por el contrario, dirigir nuestros esfuerzos hacia la promoción de la felicidad, comenzando por nuestras propias acciones y actitudes, no solo tiene el potencial de transformar nuestro mundo interior, sino también de generar un impacto positivo en quienes nos rodean. Es en este cambio de enfoque, de la siembra de la infelicidad a la cultivación de la felicidad, donde reside la posibilidad de construir una vida más plena y relaciones más significativas.

Pero si intentamos hacer lo contrario no está de más que hagamos un sano plan de acción para mantener un nivel aceptable de felicidad que consiste que durante 24 horas: no nos quejemos, lamentemos, aunque tengamos motivos, parezca sano y razonable hacerlo, tratemos a los que queremos lo mejor posible, aunque ellos estén insoportables, siendo esto un pequeño reflejo de lo que nosotros somos en ocasiones.

“La infelicidad es la agonía del alma”.

Para cultivar una felicidad más duradera, podemos implementar estrategias prácticas a largo plazo, como:

·       Enfoque en la gratitud: Practicar el reconocimiento de las cosas positivas.

·   Fomentar la empatía: Desarrollar la capacidad de comprender y compartir los sentimientos de los demás.

·     Establecer límites saludables: Aprender a protegernos de la negatividad sin caer en la hostilidad.

·       Cultivar relaciones positivas: Invertir tiempo y energía en conexiones relevantes.

·        Practicar el autocuidado: Priorizar el bienestar físico y mental.

Lo importante es tener presente que el infeliz es porque así lo quiere y permite que el entorno y otras personas le impongan emociones, es el caso que las personas que intentan hacer infelices a los otros terminan solitarios y nadie dura mucho tiempo a su lado, porque todos queremos ser felices y tenemos mecanismos de defensa, por lo tanto, huimos, apuntamos con el dedo, no lo invitamos a reuniones, en fin, hacemos a un lado de nuestra vida a esos sembradores de infelicidad. “Quien construye su felicidad sobre la infelicidad de otra persona, solo está construyendo soledad”.

“La verdadera felicidad consiste en hacer el bien”, Aristóteles.

 


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